La aprobación de mi propia felicidad
He estado un tiempo considerable en la facultad de medicina
de la honorable Universidad Central del Ecuador. En este tiempo he tenido la impresión
de que se trata de un juego absurdo de supervivencia y que sobrevive el más “apto”.
Yo era una estudiante promedio y analicé las clases de
estudiantes que había en dicha facultad. Habían seres oportunistas (la peor
clase de personas), estudiantes promedio y genios. Éstos últimos eran escasos,
eran dedicados y de corazón espero que logren graduarse sin percance alguno y
salven muchas vidas. Y bueno el resto eran un montón de vagos, mediocres, tramposos
y corruptos.
Las reglas fueron hechas para que los más “vivos” las rompieran. Yo siempre fui cumplida, jamás hice algo indebido, pero aún así, ser correcta no me libraba de la injusticia.
Aún recuerdo las noches de estudio donde me inventé un
método de aprendizaje que consistía en estimular el sentido de la audición, ya
que mi astigmatismo seguía empeorando y debía inventarme otra manera de
estudiar sin esforzar mucho la visión,
pero fue un rotundo fracaso, puesto que, lo que se les exigía a los estudiantes en primer lugar, es la cualidad de ser memoristas.
Poco a poco detestaba más y más ir a ese sitio llamado aula,
donde ocurrieron tantas injusticias, tanto por parte de docentes como de
compañeros de clase, los mismos que están
dispuestos a lanzarte a la boca del león en cualquier momento, con tal de
salvar sus celulíticos culos.
Cada día que pasaba se atrofiaba algo que aprecio mucho,
algo que se llama creatividad…Pidiéndome auxilio a gritos sordos que en todo
este tiempo estuve fingiendo no haberla escuchado.
Meses después, comprendí que jamás es tarde para probar algo
que te gusta hacer. Tarde o temprano, tal como el síndrome de abstinencia,
tanto tu cuerpo como tu mente pedirá a gritos una probadita de esa dosis de
cosas imposibles y sueños frustrados sin realizar.
Frases como “qué injusticia” eran pan de cada día, más
frecuentes en exámenes finales de semestre. Tanta era la injusticia que se
quedaban de semestre sólo porque no se llevaba con “x” persona. Porque “x” tenía las claves y respuestas para
resolver un examen o que “x” se llevaba con el doctor y “palanqueaba” para
pasar.
Replanteé objetivos, volví a analizar todo y di una solución que fue devastador para mis padres, quienes presumían con orgullo de la profesión que podría ejercer su hija primogénita.
¿Egoísmo o excusas vanas?
Ser feliz a cuesta de lo que dirá la gente.
Ser feliz vs llenar la expectativa de mis padres.
El resultado final fue mi propia felicidad. No estoy
dispuesta a ejercer una profesión por el resto de mis días con la pistola en mi
nuca y, peor a privarme de todas las cosas que podría lograr, con un poco de
talento innato que, aún como lodo en el río, algún día podrá lograr un brillo
tan codiciado como lo es el oro.
Y así, me mudé de carrera en un parpadeo (inicios de este año 2013). Y no me arrepiento
de nada, sólo que me tomó bastante tiempo para reunir el valor necesario para dejar todo atrás y
empezar todo de nuevo…Sólo que esta vez estoy en el lugar correcto y más contenta
que nunca.